(Fecha publicación: 3 de febrero de 2026)
Renault ha anunciado que fabricará en Francia el dron Chorus, un arma aérea no tripulada de ataque de largo alcance, desarrollada junto a la empresa de defensa Turgis Gaillard. Es el anuncio más reciente que nos muestra cómo una parte de la industria europea del automóvil ha empezado a buscar estabilidad fuera de su mercado tradicional. Cuando un fabricante histórico entra, mejor dicho, regresa, al sector militar es porque el negocio civil ha dejado de ofrecer previsibilidad, al mismo tiempo que el de defensa se muestra pujante debido a un entorno estratégico que hace pocos años habría resultado impensable: guerra real en territorio europeo y Estados Unidos como el socio menos fiable de la OTAN.
No olvidemos que la automoción europea está intentando salir de una crisis que está dejando heridas notables. Exceso de capacidad, competencia de China, la asfixiante presión regulatoria de la Unión Europea y una transición eléctrica mal ejecutada han dañado gravemente no solo la rentabilidad del sector, sino la propia subsistencia de muchas fábricas. Las mismas que ya operaban por debajo de su capacidad óptima y de las que depende toda una cadena de proveedores que vive en una situación de fragilidad permanente. Estamos hablando de decenas de miles de puestos de trabajo.
Este movimiento de Renault se suma a una reconversión ya iniciada en los principales países industriales del sector de la automoción, como Alemania, España, Chequia o Polonia. Francia, además, debido a su política de independencia estratégica en materia de defensa, cuenta con una base industrial más acostumbrada a esta dualidad, lo que le otorga una mayor capacidad de adaptación a este proceso. Tampoco se trata de fabricar tanques o aviones desde cero. El objetivo es integrar capacidades ya existentes —producción en serie, control de calidad, integración de sistemas y logística industrial— para complementar una industria de defensa europea que se encuentra claramente sobrepasada.
La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto que Europa carece, a día de hoy y por sí sola, del músculo industrial necesario para sostener de forma indefinida el apoyo militar a un aliado. A ello se suman las necesidades de modernización de los propios ejércitos europeos, cuyos gobiernos dejaron envejecer y reducir su tamaño de forma deliberada al amparo del consabido “dividendo de la paz”. Ahora llegan las prisas y la industria europea, excesivamente fragmentada, no tiene capacidad suficiente para reponer munición ni para fabricar nuevos sistemas de armamento en tiempo y cantidad adecuados.
Para colmo, Donald Trump se ha encargado de agravar esta situación de vulnerabilidad. El socio fundamental de la OTAN ya no es de fiar. Los cambios de discurso sobre su compromiso con la defensa europea, las tensiones comerciales derivadas de sus guerras arancelarias y su giro estratégico hacia Asia han añadido un elemento más de incertidumbre que pesa en todas las capitales europeas.
En este contexto, la autonomía defensiva ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad imperiosa. ¿Quimera? Quién sabe. De momento, la Unión Europea ha empezado a desplegar medidas como fondos específicos, compras conjuntas y programas de aceleración industrial destinados a aumentar la capacidad productiva en defensa. El problema es que resulta inviable materializar este esfuerzo en plazos compatibles con las necesidades actuales. Se necesita producir más material militar y hacerlo con mayor rapidez. Hacen falta fábricas y capacidad de producción continuada, y eso es precisamente lo que la industria automotriz puede aportar.
Aunque el término resulte incómodo, Europa avanza hacia una economía de guerra y ha entrado en un ciclo de gasto militar estructural y a largo plazo. Lo que comenzó como un apoyo de emergencia a Ucrania ha derivado en un cambio profundo del marco económico y estratégico del continente. Con la guerra al otro lado de la frontera y con un inquilino en la Casa Blanca poco fiable, la necesidad de invertir en defensa ha calado en la psique europea. Ya no es una baza electoral ocasional. La defensa ha pasado a ser un pilar del empleo, la innovación y la industria. En definitiva, una economía de guerra.
Mr. Lynx
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